Desaparecidas de la morgue, historias sin salida

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Soledad Jarquín Edgar*

Antes que nada, agradezco al escritor Abelardo Gómez la oportunidad de permitirme estar hoy junto a Guadalupe Lizárraga en la presentación de su libro Las Desaparecidas de la Morgue (Casa Fuerte 2017), que quizá podría parecer el título de una novela policiaca, pero lamentablemente en realidad es una luz periodística sobre lo que la filósofa feminista Celia Amorós llama: el terrorismo patriarcal.

El trabajo de Guadalupe Lizárraga es, no tengo duda alguna, un ejemplo del mejor periodismo, del que tanta falta nos hace en todo el país, donde las versiones oficiales de “información” invaden los espacios de la prensa, la radio, la televisión y claro las redes sociales, para ofrecer al gran público adaptaciones a modo de la realidad que los gobiernos pretenden que creamos.

Este libro periodístico, Las Desaparecidas de la Morgue, de Guadalupe Lizárraga, basado en hechos concretos, en situaciones reales sobre mujeres jóvenes que “desaparecen” caminando entre su casa y la escuela, entre la maquila y su casa, cuando van al centro, caminando de un lugar a otro en una ciudad marcada por la violencia machista hacia las mujeres, que corrió el telón para ver con toda claridad la brecha entre la impunidad y la justicia.

Esa condición que confirma lo dicho por Amorós: (ese) “el poder patriarcal que se manifiesta como poder de vida o de muerte, escandaloso y horripilante”, que se justifica y se naturaliza entre la sociedad que apenas se inmuta y gobiernos y servidores públicos que callan o que son cómplices, porque responden al terrorismo patriarcal, sin actuar y omitiendo, convencidos de que las mujeres son cosas que se venden y se compran, que se trafican y se asesinan.

Su lectura nos lleva entre veredas de palabras hacia los callejones sin salida a los que se enfrentan las familias, pero, sobre todo las madres de las desaparecidas, que buscan incansablemente a sus hijas, que no entienden, como no lo entendemos muchas personas, el silencio, la complicidad y la corrupción de los sistemas de (in) procuración de justicia que construyen sobre la memoria de las víctimas muros lodosos de impunidad.

Coincido con la autora, se trata de un ejercicio de libertad de expresión sobre la violencia hacia mujeres jóvenes que debe servir para conocer una realidad que lamentablemente se extiende como pandemia en todo el país y que debe generar una estrategia de respuesta, es decir, la construcción de lo que hoy llaman políticas públicas efectivas y eficientes para evitar esa falta de justicia, si es que a las autoridades de este país les queda algo de humanidad.

Guadalupe Lizárraga, quien investigó durante tres años lo que nos deja hoy en Las Desaparecidas de la Morgue, dijo esta mañana durante una entrevista dos cosas que son fundamentales y que logra el buen periodismo. Por un lado, hacer consciencia, consciencia colectiva, que se conforma con la transmisión de hechos que nos revelan el desgajamiento del Estado de derecho. Es cierto, aunque no les guste a los señores del poder, por lo que también ha vivido violencia como periodista.

Y, por otro lado, completa su afirmación cuando sostiene que el silencio, el silencio de los medios, también favorece la impunidad. Cierto, tenemos que profundizar e investigar. Tenemos que cuestionar a la autoridad y buscar a estas familias, ser una especie de aliadas y aliados en su búsqueda permanente, incansable y que hoy es interminable.

Sin duda alguna informar demanda compromiso con la verdad, como tarea fundamental del buen periodismo, que exige trabajo, y sortear el riesgo que significa ser periodista en México, pero solo así daremos la vuelta a uno de los males más catastróficos para el país: la impunidad. Cierto no somos ni policías ni juzgamos, y hoy estoy segura Las Desaparecidas de la Morgue hace justicia al difundir y recordarnos más de dos décadas de violencia de género exacerbada contra las mujeres.

Los casos expuestos por Guadalupe Lizárraga, como el de Brenda, son el hilo conductor hacia esa realidad lamentable de la que los medios mexicanos de Ciudad Juárez, como sucede en muchas otras entidades del país, cubrieron a partir de un boletín de prensa y luego olvidaron, porque es a partir de esa visión sesgada y hasta misógina, la que lleva a los medios a dudar sobre la desaparición de las jóvenes, aduciendo como lo hacen las autoridades, que se fueron con el novio, que se fueron de su casa porque no querían vivir más en pobreza o porque huían de la violencia dentro de sus hogares y sí, porque para muchas personas de los medios, esas denuncias se volvieron costumbre, se naturalizaron a partir de la raíz patriarcal que considera a las mujeres como seres inferiores y cosifican sus cuerpos para ejercer sobre ellas violencia feminicida.

El entramado burocrático también es expuesto en esta crónica periodística de la barbarie machista y se confirma que son las familias quienes buscan a sus hijas. La Procuraduría de Chihuahua tuvo en sus manos “pistas” que encontró y le entregó la familia de Brenda, pero nunca las atendieron ni siguieron. Un modus operandiinstitucional que se repite en todos los casos, como el de Griselda, cuya madre la encontró meses después de ser raptada en un bar de la misma ciudad, pero no la pudo recuperar a pesar de que avisó a la policía. Cuando leí esto sentí rabia e impotencia y espero que lo mismo suceda con las y los futuros lectores, porque también se trata de eso, de despertar la indignación y hacernos volver la mirada hacia esa violencia que desquebraja la vida de las adolescentes y mujeres, de sus familias, lo que peligrosamente para la sociedad se vuelve costumbre y amaina la respuesta social.

Las Desaparecidas de la Morgue desnuda la realidad de una red de complicidades entre policías y delincuentes, a quienes las familias, las madres, deben enfrentar primero con esperanza hasta que ésta se diluye frente a la mentira, la inacción y las burlas recurrentes. Nos muestra ese surrealismo mexicano donde las víctimas, sus familias, son perseguidas y amenazadas por los violentadores y los policías, y desoídas por el gobernador y el presidente en turno, y peor aún se vuelven invisibles hasta para el resto de las personas y peligrosamente para el periodismo.

La política de esperar a que transcurran varios días para que puedan poner las denuncias, cuando se trata de mujeres mayores de edad, es tiempo a favor de los tratantes de mujeres, violadores sexuales y feminicidas, que son favorecidos por las instituciones, lo que alcanza a quienes establecen los protocolos y leyes para atender este tipo de violencias contra las mujeres. De ese hecho también da cuenta la autora.

Guadalupe Lizárraga, quien reside en Los Ángeles, hizo todas estas pesquisas a partir de la solicitud de ayuda enviada por la abogada Francisca Galván Segura, quien de acuerdo con esta crónica periodística hecha libro, terminó asilada en Estados Unidos, lo que no impidió seguir apoyando a las madres, lo mismo que Guadalupe que a partir de la primera llamada, escribió 57 reportajes y notas informativas sobre el tema, más de 30 videos y una decena de audios para radio.

La periodista y escritora que hoy nos presenta Las Desaparecidas de la Morgue es quien revela que mientras las madres buscan desesperadas a sus hijas, alrededor de 20 cuerpos de estas jóvenes mujeres yacían en la morgue de Ciudad Juárez, lo cual nos habla de que los policías efectivamente no investigan ni en las instalaciones de la propia dependencia.

En cambio, las familias, las madres y José Luis, padre de una niña de 14 años desaparecida al bajar del camión en el centro de Ciudad Juárez, logran determinar cómo opera la delincuencia, en qué zona de la ciudad se registran esas “desapariciones”, los bares y tugurios de mala muerte que pululan y donde son explotadas las niñas-jóvenes-mujeres con permiso de las autoridades; también desmontan los estereotipos que impiden ver la realidad sobre cómo la cultura patriarcal invisibiliza este fenómeno, cito esté párrafo, donde José Luis Castillo explica:

“Hay mucha gente que piensa que a las niñas solo se las llevan los “cholos”, como tú dices Guadalupe, los malandros; y que llegan con las niñas y les ponen la pistola para que se suban al carro. Ya no es cierto eso, eso era antes, y es ahí donde nos equivocamos. Las autoridades no dicen nunca la hora en que las desaparecen, ¿por qué? Porque la mayoría de las desapariciones suceden de las doce del día, a las cinco de la tarde, que es cuando hay mucha gente en el centro de la ciudad. Pero no decimos esa hora, y la gente cree que las niñas las desaparecen en la noche, a la una o dos de la madrugada porque andan de vagas. Y entonces, ponemos en riesgo a todas las niñas, porque la mamá la manda a la una de la tarde, al centro, a hacer mandados como a mí me pasó, pensando que a esa hora del día no hay peligro. Y es así como las ponemos en riesgo”.

Ojalá que estas historias hubieran tenido un final distinto. Al leer el libro, me pasó lo que Guadalupe Lizárraga experimentaba cuando supo que a Brenda la vieron en un programa de televisión producido en Estados Unidos, y tenía la esperanza de que la encontrarían con vida. Yo también creía que encontrarían vivas a algunas de estas jóvenes. En cambio, las familias tuvieron todavía que pasar la humillación final que las autoridades les asestaron al ofrecerles “huesitos” que supuestamente pertenecían a sus hijas, algunas conscientes de que la talla de sus hijas no correspondía con los restos óseos, los rechazaron; pero el cansancio, la impotencia y vivir esa impunidad de manera cotidiana, agotó a otras familias.

Todos los hechos, sin lugar a dudas, conforman ese terrorismo patriarcal, que señala la filósofa española Celia Amorós y a quien cité en un principio. Y que hacen necesario un replanteamiento de la sociedad en la que queremos vivir las mujeres y los hombres, donde el actual sistema, como señaló hace unos días la feminista mexicana Marta Lamas, dificultan la solidaridad, produce indiferencia y hasta crueldad, y la cito porque coincido con ella en la posibilidad de otro mundo posible sin tanta injusticia como la que hoy viven miles de familias mexicanas.

Por ello, el libro que esta noche presenta Guadalupe Lizárraga debe ser leído por el país entero, no estoy exagerando, la violencia contra las mujeres, como el caso de la desaparición de las jóvenes en Ciudad Juárez, se replica por todo el país, de ahí que tenemos que aprender la lección dolorosa en extremo que nos ofrecen las Desaparecidas de la Morgue y poner un alto a tanta violencia y tanta impunidad.

Guadalupe Lizárraga te agradezco este trabajo en lo personal y desde mi perspectiva feminista, pero sobre todo como periodista. Recomiendo su lectura, con ella, como tú dices, las voces de estas mujeres desaparecidas resonaran todavía.

La periodista Soledad Jarquín con la autora.

*Soledad Jarquín Edgar, periodista con 32 años de trabajo profesional. Más de 20 dedicados al periodismo de la condición social de las mujeres. Premio Nacional de Periodismo 2006 en el género Noticia por “Violación ejercida por militares contra trabajadoras de una zona de tolerancia de Castaños, Coahuila”. Premio Estatal de Periodismo 1993. Actualmente es reportera y ha sido editora de la plataforma informativa del Servicio Especial de la Mujer y del Servicio de Noticias de la Mujer de Latinoamérica y el Caribe. Durante 18 años editó en el diario El Imparcial de Oaxaca, el suplemento feminista Las Caracolas (1998-2016). Desde 2010 es responsable del blog Caracolasfem; escribe las columnas “Mujeres y Política” y “Letras Violeta”. En 2014 publicó el libro Mujeres de Oaxaca (Conaculta-Consejo Ciudadano de Formación y Cultura Autogestiva, A.C.), y recientemente publicó La Otra MiradaPeriodismo de Género en Oaxaca. Es coautora de diversas publicaciones y de un método de lenguaje incluyente. Es coautora de otras seis publicaciones. Ha sido profesora y conferencista en México, Estados Unidos y España.

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